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NI NOMINAL NI NOMINAR

 
Alberto Gómez Font

Nominal no es ninguna broma relacionada con la caricaturización de la forma en que los chinos pronuncian el español, que, por cierto, no es una leyenda urbana; la verdad es que casi todos lo plonuncian así, y yo también lo hago cuando, tras comprar algo en sus bazares o sus fruterías, les digo: «¡Muchas glasias!».

Allá por los años 90 del siglo pasado los libros de estilo advertían de que no había cheques nominales, sino nominativos. Y ese aviso, dirigido a todos los usuarios del español —más allá de los periodistas— se repitió durante años, hasta que en el 2001 apareció en el Diccionario una nueva acepción de nominal, en la que se indicaba que funcionaba como sinónimo de nominativo. Es decir, desde ese momento, eran oficialmente lo mismo un cheque nominativo y un cheque nominal: «cheque que lleva el nombre de la persona autorizada para cobrarlo».

A partir de ese momento surgió, como en tantos casos parecidos, la distinción entre los que preferimos seguir usando la voz nominativo y los que optan por nominal; pero es que nosotros, los que buscamos la excelencia en el uso del español, no queríamos confundir a los chinos de los bazares y de las fruterías, para los que nominal sigue siendo un verbo.

Y en el siglo XX el verbo nominar aparecía anual y puntual­mente —y solo una vez al año— en todos los medios de comu­nicación, y era en vísperas de la con­cesión de los premios cine­mato­gráfi­cos Óscar. Fue uno de los anglicismos más atacados por los que nos dedicábamos a asesorar sobre el buen uso del lenguaje. Recuerdo que llegamos a convencer al corresponsal de la Agencia Efe en Los Ángeles para que dejara de usarlo, y, tras lograrlo, desapareció de las noticias y sirvió de ejemplo para cientos de periodistas hispanohablantes de América y de España.

Después, con la creación en España de los premios Goya para la industria del cine español, vimos cómo renacían nominar, nominados y nominaciones, pero, de momento, ahí se quedaba la cosa: era un anglicismo propio de la jerga de los premios cinematográficos. Mas hete aquí que de pronto irrumpió en otro terre­no, el de la política, y empezaron a verse en todos los periódicos frases como esta: «comienzan los problemas en la nominación de candidatos de los diferentes partidos ante las próxi­mas elecciones municipales». ¿Habría alguna razón subliminal para meter en el mismo saco a acto­res y políticos…?

Años después comenzaron a emitirse en la televisión unos programas-concursos en los que se encierra (siguen en antena hoy) a unas personas —en una casa, una isla, una granja…— y se las somete a determinadas pruebas, para ir expulsándolas poco a poco, hasta que una gane el concurso. Pues bien: a los designados para ser expulsados se los nomina.

Ni unos ni otros hacían bien —hasta hace muy poquito tiempo— al usar ese verbo ya que el único signi­ficado de nominar era «dar no­mbre a una perso­na o cosa», defi­nición que coin­cide con la se­gunda acepción del verbo bauti­zar.

¿Qué ocurría? Pues lo mismo que tantas otras veces: se trataba de un calco originado por una mala traducción del verbo homó­nimo inglés nomi­nate, que en esa lengua significa «proponer la candidatura de…», «proponer a uno como candida­to», «nombrar a uno para…». Y de su deri­vado nomination, que debíamos traducir como nombramiento o pro­puesta.

Parecía estar claro que si hablamos de políticos y de elecciones, en lugar de la nominación de candidatos deberemos referirnos a la proclama­ción de candidatos o la elección de candidatos. Y en lugar de nominar candidatos lo que debía hacerse era proponer, presentaro proclamar candidatos. Pero a los hispanohablantes les fascinaba tanto ese nuevo uso de nominar que, finalmente, llegó al Diccionario, y fue en el 2001. Aunque supongo que ya saben ustedes que el mero hecho de que alguna voz o algún nuevo significado lleguen al Diccionario no quiere decir que esa novedad sea de uso obligado…

Por cierto: el otro día me regalaron un gatito por mi cumpleaños y aún no he decidido cómo nominarlo: Félix, Fritz, Jinks, Pumby, Silvestre, Rigodón… ¿Me ayudan?

 

Alberto Gómez Font

Patrono de la Fundación Duques de Soria de Ciencia y Cultura Hispánica

De la Academia Norteamericana de la Lengua Española




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