Las XX Jornadas de Literatura y Periodismo abordan la despoblación del mundo rural

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Esta actividad organizada el jueves, 26 de mayo, entre la Fundación Duques de Soria y la Universidad de Valladolid tendrá como escritor invitado a Luis Miguel de Dios

A las 15 horas se entregará el premio “Cámara de oro de Castilla y León" 2021 a Alberto Boal, cámara de Antena 3 en Nueva York

GALERÍA DE FOTOS DE LAS JORNADAS (fotografías de la Universidad de Valladolid)

GALERÍA DE FOTOS DE LAS JORNADAS (fotografías de la Universidad de Valladolid)

Valladolid, 24 mayo 2022.- Las Jornadas de Literatura y Periodismo, que organizan conjuntamente la Fundación Duques de Soria y la Universidad de Valladolid, coordinadas por Jesús Fonseca y María Pilar Celma, retoman su actividad con la temática “Despoblación y Esperanza". En esta vigésima edición, que se celebra este jueves, 26 de mayo, en el Aula Mergelina del Edificio Histórico de la UVA (Plaza de la Universidad), contará con la mesa redonda “Valentía y apuesta de futuro en Castilla y León", a las 11 horas, y una sesión académica con la lección magistral a cargo del escritor invitado Luis Miguel de Dios, quien hablará sobre esta temática a las 12,30 horas. El acto continuará con la entrega del Premio “Cámara de oro de Castilla y León" a Alberto Boal, cámara de Antena 2 en Nueva York, que será presentado por Antonio Pereda.Este evento, que congrega a periodistas relevantes para debatir cuestiones de actualidad, reunirá esta edición en torno a la mesa redonda, moderada por Carmen Domínguez Jiménez, a los periodistas Cristina Camell (Radio Televisión de Castilla y León), Luis Cañón (Onda Cero) y Raúl Mata, director de La Razón en Castilla y León.La jornada será clausurada a las 13,30 horas por el rector de la Universidad de Valladolid, Antonio Largo; el presidente de la Fundación Duques de Soria, Rafael Benjumea, y el duque de Soria, D. Carlos Zurita.

LECCIÓN MAGISTRAL, Luis Miguel de Dios

Autoridades, amigos y amigas:
Solo a alguien como Jesús Fonseca, tan creativo, aguerrido y amigo de sus
amigos, se le podía haber ocurrido organizar un homenaje a un tipo como
yo y encargarme de lo que él l llama lección magistral y que ya veremos en
qué queda. Por tanto, mi primer agradecimiento para Jesús y para las
instituciones que amparan este acto: la Fundación Duques de Soria y la
Universidad de Valladolid. Y, claro, para Pilar Celma, que no solo ha
coordinado las intervenciones, sino que, además, es mi editora en Agilice
Digital, vinculada también a la Universidad vallisoletana.
Cuando Jesús me preguntó por un posible título para esta charla, tuve
pocas dudas. Y a él, dicho sea de paso, le encantó que se hablara de
DESPOBLACIÓN y de ESPERANZA. Al fin y al cabo-vino a decirme- tú fuiste
de los primeros en avisar del peligro de la despoblación, de denunciarla y
de pedir soluciones. Es cierto y, a veces, me asalta la duda de si no me
pongo demasiado pesado con ello. Pero también es cierto que todos estos
años, décadas, de quejas y de alarmas, de marginación y abandono del
mundo rural no han conseguido apagar las brasas de la ilusión, del sueño
de un futuro mejor, más halagüeño y, sobre todo, con más gente en las
calles de nuestra tierra, especialmente de sus pueblos. De ahí lo de
ESPERANZA. Una agonía sin posibilidad de redención, sin ánimo de vuelta
atrás solo conduce a la muerte inexorable. Y eso sí que no. Al menos, hay
que enfrentarse al problema y luchar.
Y, a mi juicio, eso es precisamente lo que, hasta ahora, nos ha faltado en
Castilla y León: casi nadie dio importancia a la despoblación, a la pérdida
de habitantes en los pueblos. Se veía como algo natural, como fruto de la
evolución, del progreso, de la modernidad. ¿Quién se iba a quedar en los
pueblos si en las ciudades ataban los perros con longaniza?, ¿y quién se
iba a quedar en las pequeñas ciudades si Madrid, Cataluña, el País Vasco y
el turismo de sol y playa reclamaban gente? Allí había empleo, porvenir;
aquí solo miseria y atraso.
Así, el campo, el campo castellano-leonés, sufrió, en los años 50 y 60, una
sangría brutal, una reconversión salvaje sin ninguna contraprestación. La
gente se fue poco a poco, en silencio, resignada. Cuando otros sectores
han sido reconvertidos (minería, astilleros, automoción etc) recibieron
ayudas, inversiones, prejubilaciones; en el campo, nada de nada.
Emigración forzosa, pérdida de identidad y raíces, dolor y, en el fondo,
constatación de que no había vuelta atrás…salvo que te tocara la lotería o
acertaras una quiniela. Y nadie, ninguna institución y pocas iniciativas
privadas, se preocuparon de aprovechar aquí los recursos naturales que

teníamos y tenemos para crear empleo y riqueza. ¿Por qué? Aun me hago
esa pregunta. La energía de nuestros pantanos brillaba lejos. Producíamos
más cereales que nadie y criábamos miles de tostones, pero el valor
añadido del sector porcino se iba a Lérida y a otros lugares. Tardamos
años, muchos años, demasiados años, en empezar a sacar rendimientos
económicos y de prestigio a nuestros viñedos, a UVAs que se rifaban en
otros lugares de España. Tardamos lustros en entender que en los quesos
teníamos un filón. Producimos más leche de oveja que ninguna región,
pero en muchos casos sirve para hacer queso con denominación
manchego. Otra vez el valor añadido se va fuera de esta tierra.
Son algunos ejemplos, cogidos a vuela pluma, a espetaperro, de lo que
nos condujo, y todavía continúa, a esa pérdida lacerante de población. Y
nadie o casi nadie alzó la voz, clamó contra esa injusticia. Y cuando hubo
denuncias y quejas, se silenciaron. El caso más significativo fue el de
Miguel Delibes. Siendo director de El Norte de Castilla, puso en marcha la
sección “Ancha es Castilla” en la que se criticaba el estado de los pueblos,
la ruina de la agricultura, la estocada entre agujas que tenía el mundo
rural. No gustó al régimen franquista. Fraga acabó obligando a dimitir a
Delibes y este halló en la novela la forma de seguir denunciando, pero ya
toreando, a la censura. Así nació, “Las ratas”, una novela dura, donde la
miseria de un pueblo aflora en toda la obra. Recojo un episodio muy
significativo, el diálogo entre la Columba y su esposo Justito, alcalde del
pueblo. La Columba quiere irse y pone como ejemplo al Quinciano. Justito
le dice: “El Quinciano, valiente ejemplo, de peón a Bilbao a morir de
hambre”. La Columba replica:”Mejor muerta de hambre en Bilbao que de
hartura en este desierto, ya ves; así que me levanto de la cama, solo de
ver el mundo vacío me dan ganas de devolver”. La novela se publicó en
1962, hace la friolera de 60 años y ya Delibes ponía el dedo en la llaga y
hablaba de “vacío”, algo que se puso de moda tras publicar Sergio del
Molino su “España vacía”, ahora España vaciada o abandonada o
marginada; en cualquier caso dejada de la mano de dios. Sesenta años y,
en lo tocante a despoblación, hemos ido a peor; hoy somos menos y más
viejos que cuando don Miguel escribió “Las ratas”.
El diálogo y choque entre la Columba y el Justito tiene otra vertiente
muy interesante. La Columba prefiere morir de hambre en Bilbao que de
hartura en el pueblo. O sea, tiene más prestigio irse que quedarse. En
muchas mentalidades de la época, y aun de hoy, el que se iba era un
triunfador; quien se quedaba un fracasado. Poca gente quería seguir con
el modo de vida de sus padres y abuelos, aunque ya labraran con tractores
y recogieran la senara con cosechadoras. Las fraguas, las carpinterías, las

panaderías y confiterías siguieron el mismo camino. Palabras como paleto,
garrulo, isidro hicieron, y hacen, un daño letal. Acomplejados por ellas,
muchos de los que emigraron trataron enseguida de borrar las huellas,
renunciaron a sus orígenes, a lo que habían mamado, a su vocabulario. Los
de Madrid empezaron pronto a decir “egg que” y a coger tonillo; los de
Bilbao tardaron una semana en adquirir el acento y apuntarse al Athletic.
Y así sucesivamente. Y sus hijos y nietos, la segunda y tercera generación,
ya apenas mantienen vínculos con la tierra de sus antepasados. Los
pueblos ya le dicen muy poco; si acaso en fiestas y celebraciones muy
concretas. ¿Volver a vivir en ellos? Casi imposible, incluso con ese
esperanzador, en este terreno, teletrabajo. En muchos pueblos lo de
Internet, fibra óptica y demás suena a ciencia-ficción.
A la Columba no le importaba tanto el dinero, el tener posibles y una
vida resuelta, como ese prestigio que da el vivir en la ciudad, ver gente
distinta, escaparates, cines, monumentos. ¿De qué iba ella a presumir en
el pueblo?, ¿como compararse con las que venían de Madrid y le contaban
vernejías y grandezas y le hablaban de su piso nuevo en Orcasitas o de lo
que había ascendido su marido, que ya era encargado? No, el pueblo no
ofrecía nada de eso, así que lo mejor era largarse. Y lo grave es que nadie
hizo nada por atajar ese problema, por tratar de revertir esa creencia.
Nadie les dijo que uno no era paleto por vivir en un pueblo y trabajar en el
campo ni era un ilustrado por cuidar una portería en el barrio de
Argüelles. Nadie defendió una forma de vida, una cultura, que era,
asimismo, nuestra forma de ser, de enfrentarnos a la existencia. Hacía
falta mano de obra barata, callada y feliz para trabajar en las fábricas y en
la construcción en las ciudades. No se repartieron por igual inversiones ni
ayudas ni proyectos. Para unas zonas, todo o mucho; para otras, nada o
muy poco. El desequilibrio, ese que empezamos a lamentar ahora, estaba
servido.
Lo curioso, y a la vez trágico, es que, en Castilla y León, las instituciones
regionales, cuando llegaron, más tarde que en ninguna otra región, no se
dieron por enteradas de la gravedad de la despoblación. Jamás escuché ni
a Aznar ni a Lucas, algo a Herrera, hablar de este asunto. No existió.
Tampoco para la oposición, que no presentó, que yo recuerde, ninguna
iniciativa para buscar soluciones. Mientras tanto, seguían cayendo los
años y con ellos los censos de población, cada vez más negativos.
Perdíamos habitantes a chorros (buena gana detenerse en datos que
hacen llorar), pero como quien oye llover. Según las versiones oficiales,
Castilla y León siempre iba, y parece que va, mejor que la media. La

realidad era, sigue siendo muy otra: el padrón disminuye, especialmente
en las áreas rurales; no se ataja la hemorragia.
Cuando hablo de estos temas, suelo poner un ejemplo concreto: todos los
habitantes de la provincia de Soria caben en el estadio Bernabéu o en el
Nou Camp. Y Soria tiene 10.306 kilómetros, más o menos la media de
España, la resultante de dividir la extensión del país por el número de
provincias. El dato estremece y da una idea clara del drama de la
despoblación en algunas zonas. Si descontamos la capital y los municipios
más poblados (El Burgo de Osma, Almazán , Ó lvega), veremos que quedan
unos 35.000 habitantes para 10.000 kilómetros, es decir unos 3,5
habitantes por kilómtro cuadrado. Casi desierto total. Cuando lo he
comentado con amigos o sacado a colación en algún debate, hay gente
que se lleva las manos a la cabeza y pregunta, sorprendido, si es verdad.
Lo es. Y toda la provincia de Zamora tiene ya menos gente que alguno de
los municipios o ciudades-dormitorio de Madrid o Barcelona. Desierto
frente a atascos y contaminación, pero hemos optado por esto último.
¿Qué responsabilidad tenemos los periodistas, los informadores, los
escritores de esta tierra ante una enfermedad tan mortal? Directamente,
ninguna; no hemos tenido, ni tenemos, capacidad de decisión, posibilidad
de enderezar el entuerto. Sin embargo, indirectamente, sí nos cabe algo, o
bastante, responsabilidad: no hemos denunciado suficientemente lo que
estaba sucediendo. Y han sido años y años. La despoblación parecía ajena
a nosotros; parecía ajena a nuestras prisas, inquietudes y desvelos. No
estuvo nunca entre las prioridades informativas, ni, como ya dije antes,
entre las actuaciones de nuestros gobernantes. Y salvo excepciones,
tampoco fueron nuestros pueblos escenarios de obras literarias. Los
pueblos no han tenido quien les escribiera. Daba la impresión, falsa, de
que el campo castellano-leonés no daba de sí ni como paisaje literario.
Esas excepciones, casi únicas, fueron Miguel Delibes y mi también
admirado Pepe Jiménez Lozano. Recuerdo perfectamente una charla con
ellos, en la redacción de El Norte de Castilla, a raíz de la publicación de un
reportaje sobre el primer pueblo totalmente abandonado en la provincia
de Valladolid. Lo titulé “Villacreces ya no puede menguar más”. Corría el
año 1982 y las caras y las palabras de Delibes y de Jiménez Lozano ya lo
decían todo. Había en ellas un pesimismo acumulado, pero también una
chispa de rebeldía. No se me olvidará..
Ellos dos fueron, al menos para mí, un espejo, un ejemplo, la
demostración de que para ser alguien importante en la Literatura y el
Periodismo no hacía falta irse a Madrid, como habían hecho muchos otros
y como, en aquella época y aun ahora, parecía una obligación o la única

forma de crecer en estas profesiones. Delibes y Jiménez Lozano se
quedaron. Y destacaron. Y brillaron. Por tanto, se podía hacer, aunque
fuera duro y les alejara de la farfulla y los cenáculos madrileños
Y ESPERANZA
Tras este análisis, puede uno preguntarse: ¿está todo perdido?, ¿no hay
remedio? NO, radicalmente NO. Seriamos injustos con esta tierra, con su
historia, con su cultura, con sus hombres y mujeres si arrojáramos la
toalla, si nos diéramos por vencidos. La despoblación, aunque lo parezca,
no puede acabar con nosotros ni con lo que Castilla y León significan.
Claro que hay que alimentar la esperanza, activar y reactivar la ilusión,
pero para ello es necesario y primordial ser conscientes de la gravedad del
problema. No podemos hacer lo que hemos venido haciendo en las
últimas décadas, o sea ignorarlo. Solo se puede solucionar un problema
cuando se reconoce y se lucha contra ééH hasta ahora no lo hemos hecho.
Parece que, actualmente, las cosas están cambiando, al menos se habla de
la despoblación y se insinúan salidas. De momento, pocas y sin frutos,
pero aun no es tarde si se aborda con ganas y seriedad el asunto. Y,
obviamente, con dinero, con ayudas, con beneficios fiscales. Y si se acaban
las rencillas políticas y el afán de protagonismo. Estamos a tiempo, pero
cada vez nos queda menos.
Y tomarse en serio este problema es también poner en valor y apoyar lo
que supone vivir en un pueblo. Desterrar para siempre lo de paleto,
garrulo, etc y defender y resaltar la cultura y las tradiciones emanadas de
un mundo rural que no puede, ni debe, desaparecer. Un pueblo, un
pueblo de Castilla y León, no es solo un lugar geográfico, un punto en el
mapa con tales o cuales coordenadas. Es un estado de ánimo, una forma
de afrontar la existencia, algo interno que te marca de por vida, que te
hace ser como eres. No afronta igual la vida un niño que ha ayudado a su
familia a ordeñar que otro que cree que la leche sale de un tetrabrik. No
es lo mismo ver parir una oveja y poner a mamar al cordero que pensar
que todos los pollos están colgados cabeza abajo y sin plumas. NO, no es
lo mismo.
Por eso es obligado recuperar e impulsar la dignidad del labrador, de los
pueblos evitando, además, todo romanticismo pernicioso. El campesino, el
habitante del medio rural, no es un ser raro que hay que conservar en un
zoo, sino una persona normal, con sus virtudes y defectos y con una carga
de historia, cultura y sapiencia popular que hay que poner en su justa
dimensión. Ni excepcional ni de Segunda División. Esa normalidad
ayudaría muchísimo a recuperar lo que nunca debió perderse.

La esperanza también tiene que estar puesta en la convicción, cada vez
más fuerte, de que así no podemos seguir, que este enorme desequilibrio
entre urbes y campo nos puede llevar al desastre. Y si existe esa
convicción habrá que convenir en que todos, todos, todos, tenemos que
trabajar conjuntamente, que no caben fricciones ni peleas ni discrepancias
ideológicas y partidistas. La despoblación no ha entendido de roces; la
esperanza, tampoco debe hacerlo. La esperanza se tornará en frustración
si cada cual hace la guerra por su cuenta: Europa, el Gobierno central, la
Junta, los ayuntamientos..
Hay que gestionar y gestionar bien; hay que priorizar inversiones; hay que
contar con la gente de los pueblos y es indispensable trazar un plan global
con objetivos concretos, financiación y poniendo los pies en el suelo. ¿De
qué sirve aumentar las ayudas por hijo en pueblos donde la mujer más
joven tiene 60 años? Ahí, seguramente, habrá que hacer otra cosa, buscar
otras salidas, entre ellas ayudar a que matrimonios jóvenes se instalen y
reabran esas panaderías, tiendas o bares que cerraron por la jubilación de
sus dueños. Y habrá que tratar de resolver el problema de la vivienda.
Gente que busca casa y no la encuentra y casas cerradas y en riesgo de
ruina porque sus dueños ni venden ni alquilan y ni siquiera han resuelto la
herencia. Tierras en baldío o rastrojos en las que, como antaño, podrían
pastar ovejas o cabras, pero los pastos se pierden, no se aprovechan. Y en
muchos lugares, donde se aprovechan, los pastores son búlgaros o
rumanos. Aquí ya no quedan.
Y aquí entramos en otro terreno, que cada vez que he escrito sobre él se
han levantado sarpullidos o te tratan de iluso, de uff eso no es posible. Me
refiero a la REPOBLACIÓN. Sí, sí, a la repoblación. Por lo menos a pensar
en ella como alternativa, quizás la única,. Las instituciones no están, de
momento, por la labor, pero todos vemos que muchos oficios del campo
(vendimia, poda, granjas) los están haciendo extranjeros, que si no fuera
por las mujeres dominicanas o colombianas nuestros mayores no estarían
atendidos en sus casas o en las residencias; que abundan los camareros o
cocineros latinoamericanos; que muchos bares o tiendas ya están
regentados por emigrantes. Gracias a los hijos de algunos de ellos no se
han cerrado o se han reabierto escuelas en los pueblos. ¿Por qué no
pensar en un plan de repoblación aunque, de entrada, parezca algo
medieval? La realidad, la terrible realidad, quizás nos lo esté pidiendo.
Hace unos años anoté una frase que pronunció una mujer llamada Ningna,
considerada la Greta Thurnberg china:”Si los españoles abandonan las
tierras, que abran los campos a la emigración”. La pronunció en Formariz,
un pequeño pueblo de la comarca zamorana de Sayago, en la raya con

Portugal, una de las zonas más deshabitadas de España. Creo que no es
preciso añadir más. Solo aplicarse el cuento.
Además de todo lo relatado, la esperanza también hay que buscarla en la
recuperación y potencia de la autoestima. Es necesario e imprescindible
creer en esta tierra, estar convencidos de sus valores, divulgarlos,
empaparse de su cultura, defenderla, gritar que tenemos más del 50% de
los bienes culturales y monumentos de España, que hemos parido un
idioma que hablan ya 600 millones de personas. Tal vez estos versos del
gran poeta zamorano Claudio Rodríguez nos den una pista:
¿Dónde están las montañas?¿Dónde las altas cumbres
si está más cerca siempre mi llanura
de las estrellas?
Hace unos años cuando me atribulaban y dolían los datos de la
despoblación me dio por escribir un romance, quizás para reafirmar mi fe
en esta tierra. Se titula, precisamente, TIERRA y con él acabo:

¡Cómo no sentirla dentro,
cómo no amar esta tierra
si miro mi alma y veo
barbechos y sementeras,
si palpo mi sangre y palpo
surcos, vendimias y eras!
¡Cómo no soñarla dentro
si aprendí a hablar su lengua
bajo el misterio ancestral
del canto de mis abuelas,
si aun hoy esas tonadas
huelen a lumbre y leyenda!
¡Cómo no vivirla dentro,
cómo no amar esta tierra
si me salieron los dientes
en las calles de una aldea
donde llanuras y cielos
cincelan su luz eterna,
si su arrullo me enseñó
a leer en las estrellas,
a ser luna con su luna,
a temblar con las tormentas
a maldecir el granizo

y a rezar por las cosechas!
¡Cómo no llevarla dentro
si fui lluvia en primavera,
sol de rastrojo en estío,
otoño de uvas y cepas
Y en el cuchillo invernal
silencio de paz y niebla!
¡Cómo no sentirla dentro,
Cómo no amar esta tierra
Si bajo su costra dura
Esconde caricias tiernas,
si siempre da cuanto tiene
a fuerza de ser austera,
si hay mañanas por hacer
y aun hay vino en las bodegas
y queda trigo en las trojas
y sombra en las alamedas
y corriente en los regatos
y ganados en las cercas
y frutales en las josas…!
¡y tantas cosas nos quedan!
Si cada día nos trae
viejas experiencias nuevas.
¡Cómo no vivirla dentro,
cómo no creer en ella
si solo he sido y seré
tierra de mi tierra. Tierra.

Intervención del Duque de Soria, D. Carlos Zurita

Me sumo con verdadera alegría a los sentimientos expresados por Rafael Benjumea, presidente de la
Fundación Duques de Soria de Ciencia y Cultura Hispánica. Estas jornadas sobre “Literatura y
Periodismo” no son más que la muestra actual del profundo interés por una realidad que hunde sus
raíces en el tiempo.
Ya Larra se distinguió a principios del siglo XIX por modelar una escritura que, aunque fuera apegada a
la circunstancia o noticia, poseía dignidad y nobleza expresivas. Creó así la forma literaria más
innovadora del siglo XIX y, a la postre, de la modernidad: el artículo periodístico, valioso por su fondo
crítico como por su forma literaria.
Después de él, podríamos decir que en los siglos XIX y XX todo escritor que se haya preciado de serlo,
ha dejado también su escritura en las páginas de los numerosos medios escritos que han venido

floreciendo en nuestro país.
Esa voluntad de estilo en el ejercicio del periodismo, tanto escrito como gráfico, es lo que la FDS se
propuso reconocer cuando puso en marcha estas jornadas y esa misma pretensión es la que nos
seguirá guiando en el futuro para prolongar y engrandecer, en la medida de lo posible, el camino ya
recorrido. Reconocemos, por tanto, la importancia que tiene el buen periodismo para la convivencia y el
progreso y es precisamente por eso por lo que la fundación se vuelca en estas jornadas y seguirá
haciéndolo.
Quiero dedicar unas palabras especiales de gratitud a la Universidad de Valladolid por acoger siempre
con tanto empeño y generosidad las actividades de la Fundación.
Felicitamos al Cámara de oro de este año, porque la fundación Duques de Soria, en su deseo de poner
en valor la actividad de los cámaras, pensó en la creación de este premio que no existía, ni existe otro
parecido en toda la comunidad. Los cámaras de televisión realizan una tarea admirable como podemos
ver estos días en los informativos sobre la guerra. Pero no solo. También aquí: en el día a día. Un
trabajo abnegado y silencioso que merece el más entusiasta de los aplausos.
Como no puede ser de otra manera, expresamos nuestra gratitud a todos los periodistas de prensa
radio y televisión que difunden la jornada y que están siempre pendientes de lo que hacemos.
Por último, expresamos el compromiso de la fundación con Castilla y León, con su cultura, con sus
medios de comunicación y con un periodismo libre independiente y crítico.

Muchas gracias.

Intervención de D. Rafael Benjumea, presidente de la FDS

 

Para la FDS ha supuesto una profunda alegría retomar estas ya clásicas jornadas de “Literatura y
Periodismo” que alcanzan este año su vigésima edición. El parón obligado por la pandemia ha hecho
imposible su celebración en los años inmediatamente anteriores y lo hemos retomado con verdadero
entusiasmo homenajeando en este caso a Luis Miguel de Dios, cuya magnífica lección magistral
acabamos de escuchar.
La FDS, como una institución dedicada a la ciencia y a la cultura hispánicas, tiene en la lengua y en su
expresión escrita uno de sus principales objetos de interés. Esa manifestación escrita de la lengua
alcanza sus más altas cotas de belleza expresiva en la literatura, la cual no se da solo en los libros. Esa
es la zona de intersección y convivencia que siempre hemos querido recorrer en estas jornadas, que
tienen por objeto principal estudiar las características, influjos recíprocos y enriquecimiento que la
literatura y el periodismo han cruzado desde la generalización de la prensa escrita como soporte
también para las bellas letras.
En ese sentido, la FDS ha sido pionera en considerar el ejercicio periodístico como manifestación
literaria cuando el objeto principal de algunos textos va más allá de su función meramente informativa.
En realidad, fue el convencimiento de entender el periodismo como género literario lo que nos animó a
poner estas jornadas en marcha.
Quiero felicitar a todos cuantos han participado en la organización y celebración de esta jornada,
especialmente a la Universidad de Valladolid y a su rector, Antonio Largo; a los coordinadores, el
periodista Jesús Fonseca, con el que siempre estaremos en deuda por su inmejorable disposición,
eficacia y lealtad para con la Fundación y, por supuesto, a la profesora Pilar Celma, a la que
agradecemos su buena disposición, su abnegación y empeño en cuidar hasta el último detalle para que
todo salga bien. Vaya también mi felicitación a quienes han participado en la mesa redonda, Carmen
Domínguez, Cristina Camell, Luis Cañón y Raúl Mata, en su esfuerzo por buscar alternativas a la
despoblación, haciendo propuestas, reflexionando y dando un ejemplo de sensatez y madurez
periodística.
Para finalizar, quiero agradecer a todo el público su asistencia y congratularme por celebrar de nuevo
estas jornadas. Muchas gracias.


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Hoy es miércoles, 07 de diciembre de 2022