La imagen de la lengua española en el mundoPor el Marqués de Tamarón

Acto Académico de la Fundación Duques de Soria. 4 julio 2012. Aula Magna “Tirso de Molina”. Soria

La imagen que de la lengua española existe en el mundo viene de multitud de hechos históricos, de acontecimientos literarios y de percepciones que a lo largo de los siglos hemos -propios y extraños, tanto los hispanohablantes como los extranjeros- experimentado o creído vislumbrar. Pero en ese variopinto panorama destacan dos textos que nos han subyugado hasta el punto de que han tenido un influjo en la realidad cultural y aun política que todavía persiste.

Uno de esos textos es el Quijote y el otro es un párrafo de la dedicatoria de la Gramática de Nebrija. La novela de Cervantes, entera ella, se ha convertido por un curioso proceso a lo largo de los siglos en un manual para interpretar el alma, la cultura y la lengua españolas. Baste decir que no siempre fue así, ni mucho menos; el Quijote ha pasado de ser un personaje cómico a un héroe y símbolo de España. Es más, hemos convencido a los extranjeros (o quizá ellos nos han convencido a nosotros) de que la quintaesencia del alma nacional está en el Caballero de la Triste Figura, y además de que eso es una buena cosa. Incluso y pese al explícito propósito paródico de Cervantes hemos llegado a creer que el estilo de ese libro es arquetípico del Siglo de Oro.

El segundo texto, tan discutible como el primero, es muy corto y merece la pena recordarlo:

“Cuando bien comigo pienso, mui esclarecida Reina, i pongo delante los ojos el antigüedad de todas las cosas que para nuestra recordación τ memoria quedaron escriptas, una cosa hállo τ sáco por conclusión mui cierta: que siempre la lengua fue compañera del imperio; τ de tal manera lo siguió, que junta mente començaron, crecieron τ florecieron, τ después junta fue la caída de entrambos.”

Se trata, claro está, del prólogo dedicado a Isabel la Católica con claro propósito de aleccionar políticamente a la soberana. Los precedentes como lugar común renacentista de esta frase, así como los proyectos de continuar en el Norte de África la Reconquista terminada en la península, son asuntos apasionantes pero accesorios en este momento.

El caso es que la imagen de la lengua española en el mundo ha quedado para siempre influida por dos autores –Nebrija y Cervantes- que tan sólo y nada menos tenían en común el ser unos brillantes estilistas. Naturalmente conviene no olvidar que la imagen de nuestra lengua en el mundo comprende no sólo la imagen que en su mente tienen los extranjeros, sino la que tenemos los españoles y otros hispanohablantes. Y tampoco podemos olvidar que estos dos autores que nos cautivan dicen cosas esencialmente incompatibles. Literalmente incompatibles, o literaria e históricamente incompatibles. Esa incompatibilidad aparece muy clara si llevamos el asunto hasta sus consecuencias presentes e incluso perspectivas futuras.

Es necesario no perder de vista que el actual proceso de cambio vertiginoso es bastante reciente. El mundo está cambiando más deprisa que nunca, más a fondo que en cualquier momento desde el final de la última glaciación hace doce mil años, y además por primera vez de una forma global, de manera que cualquier cambio local afecta al resto del género humano aunque sólo sea en su percepción del futuro probable. Por ello hoy cualquier cuestión nacional o regional, en apariencia de carácter económico, militar o ideológico, sólo cobra pleno sentido si se enmarca dentro del examen general del gran cambio mundial. Y éste resulta del todo incomprensible sin acudir al análisis demográfico, ecológico y cultural de nuestra coyuntura histórica.

Si empleamos la palabra cultura en su sentido antropológico es fácil comprender por qué un planeta reducido en sus dimensiones prácticas por las nuevas técnicas de comunicación y a la vez hinchado de población a un ritmo explosivo está abocado a dos movimientos esencialmente desestabilizadores. El primero es el cambio ab extra resultado de la pugna entre diversas formas de vida, llamémoslas culturas, civilizaciones o como queramos. Este cambio altera el mapa político y económico del mundo. El segundo es el cambio ab intra de cada forma de vida. Ambos movimientos se influyen mutuamente. Y cada lengua, reflejo de un modo de vida e instrumento de un equilibrio de poderes, está hoy sometida a ese doble movimiento acelerado, tanto en el espacio geográfico creciente o menguante que ocupa como en sus cambiantes estructuras internas. Pronto habrán desaparecido las lenguas estáticas de pocos hablantes, escondidas durante milenios en remotos valles caucásicos o islas asiáticas.

En este sentido sí es cierto que la lengua es compañera del imperio y que junta será la caída de entrambos. El isleño tropical que de repente –o con breve tránsito por un patético cargo cult- pasa del neolítico a la cultura de la discoteca perderá sin remedio su lengua, en el mejor de los casos creando un precario papiamento. Perderá su lengua al perder el imperio sobre sí mismo, es decir literalmente su autonomía, y ello no porque renuncie a lo suyo en aras de algo que juzga mejor; ni siquiera porque se lo impongan. En rigor no puede juzgar lo nuevo, de puro ajeno que le resulta, pero ha de dar el gran salto pues lo viejo se ha desvanecido (“El gran Pan ha muerto”) llevándose todo, técnicas, lenguas, señas de identidad, y tan sólo queda en su isla el mostruo brillante y estéril de lo nuevo.

Pero, ¿y si damos la vuelta a la fórmula? ¿Puede decirse que el imperio es compañero de la lengua? Creo que no siempre. Para empezar, cuando el imperio es imperial –es decir cuando el mando adopta la forma política de Imperio- las cuestiones de política lingüística pierden gran parte de su virulencia. Todo imperio es, por definición, heterogéneo. No es que tolere el diseño multicolor, es que lo necesita: sin teselas no hay mosaico. Un grupo social homogéneo podrá contituirse en horda, en tribu, en nación o en estado, mas no en imperio. Ni siquiera basta con sojuzgar a las naciones vecinas: habrá que proceder a integrarlas con un mínimo de sentido orgánico. Es más, una agrupación estrictamente bicefálica tampoco durará pues la fuerza bipolar terminará desgarrando el tejido común; necesita el contrapeso de terceras naciones integradas para obtener un cierto equilibrio.

Por eso el antiguo régimen ha dejado un eco suntuoso de polifonía casi bárbara, de monarcas políglotas o que, por el contrario, ni siquiera hablaban la lengua de su nación principal, de xenofobia sin patriotismo puesto que aún no se había inventado esa palabra…

Incluso en pleno amanecer de los nacionalismos pervivían restos de esa frecuente disociación tradicional entre tierra patria e idioma patrio. Dos de los momentos de mayor fervor nacional en el siglo XIX nos ofrecen pruebas de ese divorcio. En Octubre de 1812, cuando Napoleón abandona Moscú y empieza su desastrosa retirada de Rusia, el Zar Alejandro I recibe la buena nueva de Barclay, uno de sus generales, quien se la da en francés. En Junio de 1859 Víctor Manuel II, rey de Cerdeña y uno de los más apasionados inventores del nacionalismo italiano, da también en francés a sus oficiales la noticia patriótica de la victoria en Solferino contra Austria. Y ya en el gran cenit abrasador del nacionalismo del siglo XX, cuando Alemania y el Japón preparan en 1940 su alianza contra las odiadas potencias anglosajonas, Ribbentrop y Matsuoka negocian en inglés.

Podríamos multiplicar los ejemplos históricos de esta dislocación entre poder y lengua, que abundan en el siglo XVIII y en épocas anteriores. Algunos, al analizarlos, acaso resulten ser situaciones de diglosia, con lo que confirmarían la tesis de la compañía indisoluble entre lengua e imperio. Otros serán casos de moda superficial y pasajera. Unos pocos entrarían en el apartado de las linguas francas. Pero todos, por reveladores que sean, pueden parecer anecdóticos comparados con el vasto y extraño fenómeno de las lenguas indoeuropeas, que como familia lingüística bastante homogénea pasa los primeros treinta siglos de su prodigiosa expansión geográfica imponiendo un ideario propio y luego otros veinte implantando uno ajeno, el del cristianismo y sus epígonos mesiánicos.

El cristianismo, en efecto, emplea desde su nacimiento el griego y el latín como lenguas vehiculares para la labor evangelizadora. Pero los primeros cristianos debieron de ser muy conscientes de la gran paradoja que estaban viviendo: usan las dos grandes lenguas indoeuropeas del Mediterráneo, las lenguas de la gentilidad, para destruir la gentilidad desde dentro y colocar en su lugar lo más distinto a ella que cabría imaginar, una religión semítica, monoteísta y mesiánica. Arrasan la idea del tiempo cíclico e imponen la del tiempo lineal, atribuyendo a la historia un principio (Génesis) y un fin (Apocalipsis), asignando un destino al hombre y suponiendo la existencia en la mente divina de un plan eterno y a la vez histórico. San Agustín le añade la necesaria apoyatura filosófica –en latín- y la nueva teología de la historia queda lista para conquistar el mundo.

Tras agotar las posibilidades vehiculares de las dos grandes lenguas clásicas, la expansión continúa en Europa y fuera de Europa con las nuevas lenguas imperiales, todas ellas indoeuropeas: con el español y el portugués primero, luego con el inglés y el francés, y lentamente, por Asia, con el ruso. No importa que la gran idea teológica y teleológica se secularice, que Omega deje de ser Dios y se convierta en las Luces dieciochescas, en el Progreso decimonónico, en la Evolución darwiniana, en la Sociedad sin Clases marxista o en la Democracia capitalista, el ímpetu del tiempo lineal es tal que el mesianismo se adapta a cualquier cosa, a cualquier palabra escrita con mayúscula. Lo importante es que la sociedad sea dinámica y no estática o cíclica. Y que la Palabra escrita con mayúscula, la palabra mesiánica, hunda sus raíces etimológicas en el rico suelo indoeuropeo. Toda la llamada cultura occidental, la que para bien y para mal está prevaleciendo en el planeta entero, todo el mundo contemporáneo, con sus pompas y sus obras, son fruto de esta mezcla heteróclita entre la soteriología semita y la etimología indoeuropea. Mezcla contradictoria, pues, y no buena compañía entre lengua e imperio.

¿Quiere esto decir que la máxima de Nebrija tiene valor político inmediato pero no valor histórico a largo plazo? ¿Se equivocó a fin de cuentas el sabio humanista? Pues bien, quizá no se equivocara el profesor de Salamanca, o errase en poco, si admitimos la hipótesis Sapir-Whorf, con la que dos profesores de Yale apuntalaron, cuatrocientos cincuenta años después y probablemente sin darse cuenta, la esencia del binomio lengua-imperio. Edward Sapir (1884-1939) y su discípulo Benjamin Lee Whorf (1897-1941), combinando lingüística y antropología, subrayaron la estrecha relación entre lengua y pensamiento: el lenguaje determina nuestra forma de pensar (principio del determinismo lingüístico) y las distinciones codificadas en una lengua no se encuentran en las demás (principio de la relatividad lingüística). Ahora bien, si esto es así, si la hipótesis Sapir-Whorf es acertada, también será cierto el axioma de Nebrija. Si es verdad que lo indecible es impensable, entonces quien extiende su lengua extiende su forma de pensar y por tanto su imperio, su poder, ya que lo nuevamente decible se convierte en lo único pensable; el resto será, en rigor, inefable.

Cabe, pues, argumentar que el cristianismo quedó marcado –mucho o poco- por sus lenguas vehiculares no-semíticas, como cabe preguntarse qué hubiese sido del judaísmo si no hubiera conservado el hebreo como principal lengua litúrgica. También es posible –sensu contrario pero sin abandonar a Nebrija ni tampoco a Sapir y Wholf- buscar en las lenguas indoeuropeas la huella de su bautismo y observar cómo éste modificó la evolución de aquéllas.

Todo esto podría parecer arqueología muy alejada de las preocupaciones de este comienzo de siglo, pero no es así. Lo que ocurrió a principios del primer milenio de nuestra era puede volver a ocurrir a principios del tercer milenio, y cambiar nuestra vida o la de nuestros hijos. Si a comienzos de nuestra era el mesianismo semítico destruyó casi todo el contenido cultural propio del mundo lingüístico indoeuropeo occidental, ocupó el vacío resultante y procedió a conquistar el orbe terráqueo con su nuevo vehículo, algo parecido puede estar gestándose, de forma inconsciente tanto para los sujetos pasivos como para los activos: el nacimiento de una hegemonía económica asiática que use las formas –pero sólo las formas- del capitalismo de raíz occidental y que emplee el inglés como lingua franca.

Para que se consume este nuevo matrimonio entre imperio propio y lengua ajena, basta con que continúen ciertas tendencias ya discernibles hoy: el mayor crecimiento de las economías de Oriente, comparado con el de las europeas o las norteamericanas; una cierta ordenación (que no integración, por ahora) de las diversas economías nacionales asiáticas; la permanencia e incluso la acentuación de las características propias de los diversos modelos asiáticos de capitalismo (parecen tener en común que atienden al clima más que al tiempo, según Peter Drucker, o dicho con palabras de Michel Albert son más hormigas que cigarras como las economías anglosajonas).

Pues bien, supongamos con todo esto que de aquí a veinticinco años, en el lapso de una generación, la hegemonía económica mundial se traslada del Atlántico Norte al Pacífico Asiático. Los nuevos amos, como es natural, mandarán. Sí, pero, ¿en qué lengua negociarán, convencerán, darán las órdenes? En inglés, por supuesto. Los pueblos asiáticos, al igual que han adoptado y adaptado el capitalismo para sus fines de poder, adoptarán y adaptarán la lengua inglesa para atender a sus necesidades de comunicación internacional.

Los asiáticos son muy conscientes de su dilema lingüístico. Si aumenta la penetración del inglés –no sólo por necesidades comerciales sino a través de la televisión, el cine y la música juvenil- perderán sus señas de identidad nacionales. Pero si frenan la expansión del inglés perderán parte de su capacidad de competir en los mercados internacionales y crecerán las dificultades de comunicación inclusive entre estados vecinos y en algunos casos aun dentro del estado. No hay otra lingua franca de utilidad comparable y que además sea asiática. Y si la hubiera resultaría igual de exótica a los ojos y oídos de todo el que no la tuviese por lengua materna. Peor, cualquier lingua franca asiática tiene ecos –precisamente en Asia- de hegemonías pasadas, presentes o futuras, lo que la hace atrabiliaria para muchos. Mientras y por algún misterioso proceso de amnesia histórica selectiva, el inglés ya no es la lengua del antiguo colonizador británico, ni la del libertador u ocupante americano, ni la del rubicundo vecino australiano, ni siquiera de las exportaciones que permitieron el despegue económico de los últimos cincuenta años. El inglés es ya puro símbolo de la modernidad. Como la modernidad no es en sí substancia sino mera forma, en el inglés se puede verter cualquier contenido económico, político, social o de simple ejercicio de poder.

 

Volvemos, pues, al punto de partida. Al igual que la koiné del siglo I no era instrumento de áticos ni vehículo de sus ideas e intereses, el inglés de principios del siglo XXI no es correa de transmisión de los dogmas de Adam Smith. La koiné podía servir para comprar mármol a un frigio, vino a un chipriota, trigo a un egipcio, para gobernar un trirreme o para escuchar a un judío algo heterodoxo llamado Pablo. El inglés de hoy puede servir para vender transistores a un chileno, comprar petróleo a un kuwaití, aterrizar en Río de Janeiro, entender las canciones de Madonna o escuchar a un japonés que explica por qué no es rentable la fábrica en Linares y va a cerrarla. Al final, de todo lo primero, lo que marcó la historia fue la prédica del judío en griego. Y de todo lo segundo lo que marcará el porvenir es la lección del japonés en inglés. Convendrá escuchar y no engañarnos, pues contra toda apariencia lengua e imperio están de nuevo separados. En el ámbito de las lenguas no parece ahora cierto el dicho de Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje”.

 

Sea cual sea el mensaje llegará más lejos si está en inglés, pero en inglés internacional, en una lengua aséptica y sencilla bien distinta del inglés propio de la cultura inglesa o angloamericana. El alcance del mensaje dependerá del grado de asepsia del medio empleado y el grado máximo hasta ahora conseguido es el de la primera lingua franca planetaria, el inglés pasteurizado y despojado de casi todos los sabores que había ido adquiriendo a lo largo de siglos de uso culto y popular. Un inglés, pues, esencialmente desnacionalizado, lengua errabunda y meteca aun en su propia cuna.

 

Pero ese hecho evidente, la apatría del inglés (y de cualquier otra lingua franca), parece invisible a los ojos de muchos, sobre todo de los políticos, con lo que el escenario internacional está plagado de malentendidos a veces cómicos pero siempre costosos. De ahí el curioso tono, entre melancólico y pugnaz, del todavía Presidente Mitterrand en sus palabras casi de adiós al Parlamento Europeo en 1995, cuando vino a lamentarse, como amo de la lengua francesa, de no tener las grandes bazas “geográficas” del inglés o del español para conjurar las “amenazas” que origina la “rivalidad de las lenguas”, amenazas contra las que tan sólo cabe luchar con la “excepción cultural”.

 

Nada más lejos de la realidad que esa supuesta intención subjetiva de agresión, sobre todo en el caso del inglés. Éste –bien mostrenco a la postre- no tiene amo, pero quienes de tal podrían fungir no mueven un dedo para que medre, y ni siquiera para usarlo como instrumento político. Está claro que los políticos ingleses, americanos y demás anglohablantes no creen que su lengua (franca, no se olvide) sea compañera del imperio. Rara vez aluden a las ventajas de su dudosa posesión, y cuando lo hacen suelen añadir palabras o acciones que demuestran que no creen en ello. Hace ya tiempo, cuando empecé a ocuparme de estos asuntos, descubrí que el estado británico invertía al año en mantener las emisiones internacionales de la BBC, más el British Council y las becas a extranjeros (es decir sus tres instrumentos lingüísticos de alcance internacional) algo menos que lo que entonces (1995) costaban al contribuyente español las ocho televisiones regionales (65.880 millones de pesetas).

 

En la práctica, pues, los anglohablantes se ocupan muy poco de la irradiación mundial de su lengua, y ello por dos motivos. Primero porque no deben de sacar tanto partido de “su” lingua franca como creen los demás y segundo porque la cosecha que sí sacan no depende de su propia siembra sino de la extensión automática del inglés. Ciertamente no necesita ayuda una lengua que se habla en todo el mundo con independencia de que alguno de los interlocutores la tenga o no como lengua materna, y si en algún caso necesitase ayuda más bien se verían obligados a darla los prestatarios de la lengua que los supuestos propietarios.

 

La realidad internacional es hoy a la vez muy distinta de la que predominaba en la época de Nebrija pero la forma de interpretarla que tienen los políticos se parece a la visión de la lengua como compañera del imperio. Hoy predomina la sensación de que las lenguas compiten en una especie de liga futbolera, sin comprender que no hay torneo posible ya que una lengua juega al fútbol, otra al baloncesto, otra al tenis y así sucesivamente. La variedad de situaciones lingüísticas es tan grande que aunque a veces sí se den casos de competencia directa, necesaria y consciente, en conjunto resulta imposible establecer un palmarés objetivo y verificable. Con esto no quiero decir que el uso internacional de ciertas lenguas carezca de significado político. Al revés, creo que lo tiene, y mucho. Pero reducir la política al mando exclusivo y excluyente, o creer que imperio es tan sólo mando, es una simpleza. En ocasiones se podrá dar la vuelta al dicho de Clausewitz y hacer política continuando la guerra con otros medios. Entre esos medios estará la imposición deliberada de la propia lengua –o de una tercera- al vecino. Pero en general es más aplicable la definición de Bismark: la política es el arte de lo posible. Sin embargo se olvida a menudo que eso exige una labor previa, averiguar cuáles son las posibilidades prácticas que la realidad nos permite.

 

Si en vez de creer que entre las lenguas existen batallas, o cuando menos feroces competiciones deportivas, pensásemos en una obra en la cual los actores desempeñan distintos papeles, todos ellos importantes y todos representables bien o mal, las cosas serían más racionales.

 

Si admitimos que cada lengua tiene un papel distinto en el gran teatro del mundo, habrá que aclarar cuál corresponde al español y luego ayudar a nuestra lengua a desempeñarlo con rigor y con amor. Sólo entonces conseguiremos los hispanohablantes sacarle todo el partido práctico que tiene. El español –seamos por una vez antropomórficos- deberá primero cumplir el precepto clásico de conocerse a sí mismo: averiguar no ya cuántos lo hablan sino cómo, dónde, cuándo y porqué, determinar las consecuencias previsibles para él de las nuevas técnicas, saber cuál es su situación en el nuevo orden –o desorden- internacional tanto económico como político, comprender cuál es la imagen que de la lengua y de la cultura hispánica se tiene en el mundo contemporáneo, donde la imagen percibida es tan importante como la realidad. Dicho con otras palabras, mirar, medir y pesar, no hacer apologías.

 

Después el español tendrá que hacer algo más arduo aún, asumir su papel en el mundo. Entendámonos, se trata de que asuma el papel que le toca, no el del inglés o el del francés o el del turco. Y que lo desempeñe con pleno amor fati, con gusto por su destino, no mirando de reojo y con envidia los destinos de otras lenguas que se le antojan más lucidos. Todos los papeles son brillantes si se representan con convicción, y de todas formas el español está entre los que encabezan el cartel.

 

Aceptando con orgullo y realismo el papel que le corresponde al español en el mundo, los hispanohablantes habrán de actuar con decisión y brío. Ser realistas no quiere decir ser timoratos, ni ceder posiciones internacionales en el mundo cultural, científico o económico, sino escoger con tiento los objetivos y perseguirlos con tenacidad. Entonces, y tan sólo entonces, obtendremos frutos visibles, algunos incluso materiales, del papel internacional del español y veremos si resulta aplicable el teorema de Nebrija. Se nos quitará por fin la frustración histórica (“deberíamos ser los primeros”), la manía de la persecución (“hay una conjura internacional para impedirnos ser los primeros”) y la esporádica jactancia infantil (“somos los segundos pero pronto seremos los primeros”). No hay primeros, segundos ni últimos, hay buenos y malos actores.

 

La primera tarea de cualquier política lingüística será, pues, dibujar el perfil internacional de nuestra lengua, averiguar lo que es y, casi igual de importante, lo que no es. El más somero boceto mostraría una gran lengua internacional, sorprendentemente unitaria, bastante pero no demasiado extendida geográficamente, de poco peso económico y con una reputación internacional manifiestamente mejorable.

 

El español es una gran lengua por varios motivos. Uno de ellos, quizá no el principal pero sí el más aireado, es el número de hispanohablantes. Para no entrar en disquisiciones estadísticas, digamos tan sólo que con sus más de cuatrocientos millones de hablantes el español es una de las tres o cuatro lenguas más usadas en el planeta. También es una gran lengua por su riqueza léxica y gramatical, por su pasado y su presente literarios y por su uso internacional. Esto último nos lleva a precisar que lengua internacional no es lo mismo que lingua franca, y que el español no es funcionalmente una lingua franca. Cuando un peruano habla en español ante la Asamblea General de la ONU está usando su propia lengua, que es además la de otras naciones; cuando un congoleño habla en francés o un birmano en inglés, por muy bien que lo hagan, están usando algo en esencia ajeno pero de propiedad poco definida, una especie de res nullius que llamamos lingua franca. Ya nos hemos referido a las ventajas e inconvenientes de tener como lengua materna una que asimismo es lingua franca. También son evidentes las ventajas de las lenguas internacionales: la vasta emigración española a Hispanoamérica desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX, tan provechosa para todos, hubiera sido muy distinta sin la lengua común, por tan sólo citar un ejemplo político reciente. Los beneficios de poder dirigirse sin intérprete a uno de cada veinte habitantes de la tierra son bien obvios. Pero no hay que confundir los conceptos. Cuando digo que el español es una lengua internacional mas no una lingua franca estoy usando este último término en el sentido restrictivo de habla empleada por interlocutores que no la tienen, ninguno de ellos, como lengua materna. Un argentino hablará naturalmente en español con un uruguayo, y es probable que también con un brasileño. Pero es casi seguro que hablará en inglés con un japonés en Helsinki, igual que un checo y un húngaro hablarán en ruso o en alemán, que también son linguas francas, aunque regionales y no mundiales. Por lo demás tampoco hay que atribuir a la condición de lingua franca una trascendencia distinta de la que le corresponde; el swahili es lingua franca en África Oriental y no por eso se puede decir que sea más “importante” que el español. Depende para qué. Para comprar marfil ilegalmente en Tanzania, sí. Para cualquier cosa en el resto del mundo, no. Una vez más hay que recordar que el concepto de importancia es difícil de aplicar en abstracto a las lenguas; casi siempre hay que completarlo con el de finalidad.

 

En cuanto al carácter unitario de la lengua española, lo sorprendente no es que las personas educadas que la hablan usen la misma norma culta –eso también ocurre con el francés y el inglés aunque no tanto con el portugués- sino que incluso a nivel popular y a ambos lados del océano sea tan homogénea. Llama asimismo la atención la escasez de pidgins alumbrados por el español –el chabacano en Filipinas, algún fenómeno aislado en el Caribe y poco más- en comparación con las docenas de parlas pintorescas generadas por el inglés, el francés o el portugués en ultramar al mezclarse con las hablas autóctonas o con otras importadas. Se supone que la mayor uniformidad del español se debe a la idiosincrasia del imperio hispánico, con su colonización pobladora y no meramente militar o mercantil. Pero no debe ser ajena a este rasgo lingüístico del español su cohesión geográfica, de la que pocos se percatan.

 

Suele decirse que el español se ha extendido por todo el mundo, pero eso es retórica poco acorde con la geografía, y de ser verdad no sería especialmente ventajoso para nuestra lengua. Todas la grandes lenguas modernas ocupan vastas extensiones del planeta, salvo el alemán, concentrado en Centroeuropa. El español también cubre millones de kilómetros cuadrados, pero casi todos contiguos. Nueve de cada diez hispanohablantes viven en América, por lo general en estados fronterizos, y los demás están en la Península Ibérica. Fuera de América y Europa, en África, Asia y Oceanía, la presencia del español es residual o inexistente. Estamos dejando apagarse los pequeños focos de Filipinas, el Medio Oriente y el Golfo de Guinea. No se puede decir que el español se habla en los cinco continentes como el francés o el inglés; de hecho se habla sólo en dos, como el árabe, el ruso o el turco.

 

Pero, ¿quién ha dicho que la dispersión sea en sí una virtud? El portugués, esparcido desde hace siglos en cuatro continentes, tendría un futuro más prometedor si estuviese más concentrado. La contigüidad de las naciones hispanoamericanas les permite albergar esperanzas de que prosperen ciertos intentos de integración económica regional. Piénsese que uno de los obstáculos más formidables a la integración europea es la condición babélica de nuestro continente. En Europa, “esa pequeña península de Asia” que decía Paul Valéry, se amontona medio centenar de lenguas cultas, cada una con siglos detrás de escritura, de glorias y de rencores bien documentados. En América, por el contrario, tan sólo cuatro lenguas –español, inglés, portugués y francés- se reparten en la práctica los cuarenta millones de kilómetros cuadrados que van desde los campos de petróleo de Alaska hasta las estancias de ovejas de la Patagonia. Ese crudo oligopolio lingüístico supone una clara ventaja política para el continente americano, y desde luego la pervivencia de la unidad del español, añadida a la proximidad geográfica de sus hablantes, es una de las bazas económicas de Hispanoamérica con vistas al futuro.

 

Porque, hoy por hoy, ricos no somos los hispanohablantes. En conjunto, ni tenemos vieja riqueza burguesa acumulada desde los comienzos de la Revolución Industrial como los ingleses, alemanes o franceses, ni tenemos dinero fresco en cantidad como algunos nuevos ricos asiáticos. Cuando en los medios financieros internacionales se habla de los milagros económicos del siglo XX, rara vez se menciona un país hispánico –si acaso Chile, casi nunca España- entre las naciones del PIB per cápita en crecimiento espectacular y constante. Tal vez por eso ni siquiera es importante el comercio hispánico trasatlántico: España no vende y compra a toda Hispanoamérica junta más que a Holanda. Llevamos cinco siglos diciendo que Iberoamérica es el continente del futuro, mas la apoteosis económica no acaba de llegar, Eldorado no aparece. Siempre podemos consolarnos con el dicho de Gracián: si este no es nuestro siglo, otro vendrá que lo sea. Pero la economía contemporánea es impaciente y un punto pueril en su idolatría del PIB. Los economistas saben muy bien que la pobreza hispana es relativa; son estrecheces de clase media sin punto de comparación con la indigencia proletaria de África y buena parte de Asia. También saben que estas cosas pueden cambiar cuando menos se espera: en 1900 Suecia o Suiza estaban entre los países pobres de Europa, hoy son de los más ricos, y hace tan sólo una generación Corea y Taiwán eran mendigos de la guerra fría, ahora nos aterran con su pujanza. Pero el caso es que en el fondo del pensamiento de las ciencias sociales late durante todo el siglo XX un juicio peyorativo de lo hispánico: se ve a nuestra cultura como una de las perdedoras de la batalla de la modernidad que empezó con la Ilustración. El árabe es un perdedor medieval, el español es un perdedor barroco y el francés pronto será un perdedor decimonónico

¿Simplezas e infundios? Por supuesto, pero los estereotipos pesan en las reputaciones internacionales y ya quedó dicho que la del español es manifiestamente mejorable. Puede incluso que estos prejuicios negativos resulten a la larga menos nocivos para el español que nuestra propia propaganda absurda resaltando en la cultura española, con vistas al turismo barato, un color local que confirma los más caros prejuicios foráneos: sol, vino y pasión. Siempre que se puede se airea nuestro pathos y no nuestro logos: Boabdil antes que Cisneros, Unamuno más que Ortega, Gaudí mejor que Herrera. Todo eso, unido a una similar ansia de pintoresquismo hispanoamericano, afecta a la imagen que de nuestra lengua circula por todo el mundo. Siendo una de las más lógicas en la gramática, armónicas en la relación entre sonido y grafía y ricas en léxico, muchos extranjeros que la ignoran creen que es mero eco excitante de los gruñidos de Pancho Villa, los quejidos del Quijote y los suspiros de Carmen la Cigarrera. Vaya usted luego a hablarles de la métrica marmórea de Garcilaso o de la prosa cerebral de Borges. En el mundo de hoy pesa más la imagen que la palabra, y la imagen que fuera tienen de España es la misma que nosotros hemos escogido oficialmente: el sol de Miró, un torvo huevo frito con hollín.

Claro que los estereotipos culturales son cambiantes y cambiables. Baste ahora con repetir que la imagen actual de lo hispánico y su lengua es mediocre y, a mi parecer, falsa. Ello tiene considerables consecuencias prácticas, de las que son conscientes al menos los responsables de nuestra política comercial. Si nuestra cultura sigue vendiéndose y viéndose como algo tremendista –ayes de Guernica y olés de tauromaquia- la estampa contemporánea se ve más amable. La historia es torva, el presente sólo torpe. Los sondeos extranjeros de opinión suelen revelar estos tópicos: los españoles somos simpáticos y vagos, nuestros productos son baratos, mal diseñados y poco de fiar. Comoquiera que el producto esencial de un pueblo es su lengua, cabe deducir que el español atrae como lengua fácil y simpática a extranjeros que a la vez lo tienen en poco como artilugio ocioso.

Hecha la oportuna composición de lugar y perfiladas con sus luces y sus sombras la imagen y la realidad actuales del español en el mundo, una política lingüística solvente tendrá que impulsar una acción internacional decidida. Buscando el punto medio entre la quimera y el pancismo, deberá jugar a fondo las bazas del español y mitigar sus deficiencias. En mi opinión la gran baza es la unidad del idioma y el gran fallo es su actual imagen. Cuanto mantenga lo primero y cambie lo segundo será bueno para el español y para los hispanohablantes. Por eso a veces la mejor solución a ciertos dilemas no es la más evidente.

Así, cuando se dice “vamos a imponer el español a Washington y a Bruselas” no sólo se nos está proponiendo tareas políticas irrealizables, lo cual sería lo de menos, sino que se nos incita a actuaciones que pueden resultar contraproducentes y acabar dañando la unidad del idioma y empeorando su imagen internacional.

Escojo estos dos ejemplos a sabiendas de que son polémicos y consciente de que ambas cuestiones de estrategia lingüística son opinables ad nauseam. Pero la una es cuestión de peso y la otra muestra las ambigüedades de la relación entre lengua e imperio. Los dos ejemplos son dolorosos e ilustrativos.

Resulta punto menos que imposible para los hispanos, y en particular para los españoles, reflexionar con serenidad sobre la situación y las perspectivas de la lengua española en los Estados Unidos de América. Es tan tentador pensar que el español se juega su porvenir mundial al Norte del Río Grande, creer que con algo de suerte los Estados Unidos pueden convertirse en una nación bilingüe como el vecino Canadá, a poco que aumente el porcentaje de hispánicos en el Sur, con lo que de súbito el poderío económico de nuestra lengua desbordaría todas las estadísticas actuales (solamente el PIB de California es casi tan grande como el de Francia), soñar con un Presidente hispanohablante en la Casa Blanca o, más drástico aún, imaginar una nueva Secesión, pero esta vez exitosa y además progresista. Es tan humano que quienes se sienten heridos por la historia hagan esas conjeturas y otras de índole similar, que si se pretende analizar la cuestión desapasionadamente se corre el riesgo de ser tachado de vendepatrias.

El caso paradójico es que cuanto más frágil parezca la unidad lingüística de los Estados Unidos más importancia darán sus habitantes al inglés como lazo de unión nacional, acaso ya el único vínculo comprobable y objetivo para ellos. Pero lo que a nosotros debe importarnos no es el inglés en los Estados Unidos sino el español en dicho país. El porvenir allí de nuestra lengua puede imaginarse siguiendo cualquiera de estas conjeturas:

 

1º El melting-pot se rompe, atorado por la creciente afluencia de hispanohablantes. Éstos se esfuerzan poco en aprender inglés y al alcanzar la mayoría en ciertos estados de la Unión imponen allí la oficialidad del español y en Washington su cooficialidad a efectos del gobierno y la administración federales. En suma, se aplica el modelo de Quebec.

2º Lo mismo que en la conjetura anterior, pero en este caso además de romperse la estructura política del país se rompe la estructura lingüística del español. Surgen diversos papiamentos –chicano, cubano, dominicano, etc.- que al final se funden en un Spanglish sincrético (modelo mixto entre el quebequeño y el haitiano).

3º Surge un bilingüismo oficial en el Suroeste, con o sin diglosia (modelo catalán).

4º El melting-pot sigue funcionando y se mantiene la unidad lingüística con el inglés, pero el español se convierte en una lengua extranjera importante y de prestigio. Los americanos la aprenden por lo mismo que aprenden el francés o el alemán, porque son lenguas útiles y hermosas, no porque ellos tengan antepasados que la hablaban, ni porque sea necesaria para entenderse con algunos de sus compatriotas.

5º Igual que en el supuesto anterior, deja de hablarse el español pero no pasa a ser considerado una gran lengua de prestigio internacional, al quedarle el estigma de lengua proletaria a los ojos –y oídos- de la clase dirigente americana.

Todas estas hipótesis son posibles en teoría, mas no tanto en la práctica. Ni siquiera he mencionado la posibilidad de una secesión política, aunque a la larga la primera y la segunda conjeturas desembocarían probablemente en eso. Sí, en cambio, habrá que preguntarse por la supuesta gestación de un Spanglish o de varios.

Otra cosa es que perduren esos papiamentos. Abandonando toda hipocresía de relativismo lingüístico, yo espero que no. Empobrecería a sus usuarios, como bien apuntaba Alvar, y rompería la hasta ahora tenaz unidad del español.

Así es que un diplomático prudente y un filólogo realista, venciendo muchas tentaciones de patriotismo exaltado, harían votos, y quizá algo más que votos, para que se realizase la cuarta conjetura, única alternativa viable a la quinta. Que el español quede en los Estados Unidos, pero como favorita entre las principales lenguas cultas extranjeras, no como germanía o como jerga del “proletario interno”.

Los inspiradores o ejecutores de la política exterior española han de tener presentes ciertas realidades lingüísticas y prever ciertas consecuencias políticas. Por decirlo crudamente los hispanos de los Estados Unidos de hoy no son los italianos de la América de los años treinta: ni se sienten españoles ni van a sentirse atraídos por una misión imperial, de estilo mussoliniano, nebrijano u otro. Tampoco son los quebequeños de los años sesenta, ni el gobierno estadounidense es el canadiense. En California, un grito de un prócer español emulando el “Vive le Québec libre!” del General de Gaulle en 1967 dejaría a los hispanos indiferentes o enardecidos, no sabemos, pero en todo caso podría incitar a algún primate americano a dar voces sediciosas en Bilbao o en Barcelona, de consecuencias aún más incalculables.

“El español es demasiado importante para dejarlo en manos de los españoles”, escribió Guillermo Cabrera. Pero añadió esto: “Ahora yo también quiero denunciar las germanías, incluso la que fue mía, sobre todo esa mía. El español, me parece, es un idioma demasiado importante para dejarlo en manos de los dialectos más dilectos”. No se puede decir mejor. Quizá haya que ser un cubano desterrado en Londres para comprenderlo tan bien.

 

Todo ello debe hacernos reflexionar no sólo sobre el peso político internacional del español –su peso de hoy puede convertirse en respuesta inerte y estática- sino en su papel futuro. Y ahí no caben meras respuestas numéricas, ni de jerarquías aparentes. En el teatro no es “primero” ni “segundo” o “tercero” Don Juan, el Comendador o Doña Inés; el rango auténtico dependerá de la convicción y de la pericia de cada actor. Pero antes de estudiar el guión y forzar, si hace falta, las indicaciones escénicas, repárese en la grave advertencia de Feijoo –tan enemigo del apocamiento como de la vanagloria- en su Teatro crítico universal:

 

“Dos extremos, entrambos reprehensibles, noto en nuestros españoles, en orden a las cosas nacionales: unos las engrandecen hasta el cielo; otros las abaten hasta el abismo. Aquellos que ni con el trato de los extranjeros, ni con la lectura de los libros espaciaron su espíritu fuera del recinto de su patria, juzgan que cuanto hay de bueno en el mundo está encerrado en ella. De aquí aquel bárbaro desdén con que miran a las demás naciones, asquean su idioma, abominan sus costumbres, no quieren escuchar o escuchan con irritación sus adelantamientos en artes y ciencias. […] Por el contrario, los que han peregrinado por varias tierras, o sin salir de la suya comerciado con extranjeros, si son picados tanto cuanto de la vanidad de espíritus amenos, inclinados a lenguas y noticias, todas las cosas de otras naciones miran con admiración; las de la nuestra, con desdén.”

Tres siglos después de escrito eso, ahí siguen ambos escollos. Ojalá aprendamos a sortearlos. La lengua española merece un esfuerzo, tanto si es el último punto de referencia internacional eminente que le queda al mundo hispánico, como si resulta ser el primero en recuperarse.


« La Catedrática Concepción Sanz expone los trabajos sobre Soria desarrollados por seis investigadores del Instituto del Paisaje de la FDS PALABRAS DE SU ALTEZA REAL LA INFANTA DOÑA MARGARITA, DUQUESA DE SORIA, EN EL ACTO ACADÉMICO ANUAL DE LA FUNDACIÓN DUQUES DE SORIA. »

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