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EN MEMORIA DE FERNANDO LÁZARO CARRETER Y DUS DARDOS        

   

         Con este artículo inauguramos la sección dedicada a nuestro admirado y añorado Fernando Lázaro Carreter, que desde 1989 formó parte del patronato de esta fundación de la que fue cofundador y que, durante algunos años, se ocupó de organizar y dirigir nuestros cursos sobre la lengua española, que se celebraron en Salamanca (y en Valladolid) desde 1996 hasta 2002. Don Fernando asistió sin falta a todas las reuniones mensuales del órgano director de la fundación, aportando siempre sus certeros consejos.

            De don Fernando aprendíamos cada vez que teníamos la suerte de conversar con él, cada vez que asistíamos a una de sus conferencias, y cada vez que leíamos uno de los artículos que, con el título general de El dardo en la palabra, comenzaron a publicarse en el diario Informaciones (hoy desaparecido), y más tarde, distribuidos por la Agencia Efe,  aparecerían en la tercera página del ABC, en El País,  y en otros periódicos de España y de América. Después se publicaron dos libros en los que se recogieron todos aquellos artículos; el primero, editado en 1997 se tituló El dardo en la palabra, y el segundo, que salió en el 2003, fue El nuevo dardo en la palabra.

            La magnífica mezcla de erudición y de sentido del humor con la que Fernando Lázaro Carreter escribía sus artículos hizo que estos se popularizaran en España y en América y que nos sirvieran de guía a todos los amantes del buen uso del español, y hoy, muchos —demasiados— años después, tenemos la osadía de comenzar esta nueva serie escritos inspirados en aquellos inigualables Dardos. ¡Van por usted, don Fernando!

 

 

 

VÍSCERAS Y VIRUS CHAQUETEROS 

  
Alberto Gómez Font

            Calificar de versátil a una persona implica decir de ella que es in­cons­tante, que cambia con facili­dad de afec­to, aficiones u opiniones, y que es de genio inconstante o que cambia fácilmente.

            Mas, hete aquí que de un tiempo a esta parte algunos hablantes han dado en llamar versátiles a quienes no lo son en absoluto. Como cuando escuchamos en un noticiero que el nuevo ministro ha sido siempre un político muy versátil... ¿A qué se refieren? ¿Quizás están diciendo que ese tipo es lo que vulgarmente conocemos como chaquetero, es decir, que es un oportunista y cambia de partido y de ideolo­gía según le convenga en cada situa­ción?

            No, no es eso, sino que de pronto han empezado a confundir los adjetivos versátil y  polifacético, y este último es aquel que goza de «múltiples aptitu­des y conocimientos de muchas co­sas», y quien «realiza actividades muy diversas o tiene múltiples capacidades».

            También se confunde con otros posibles adjetivos aplicables a quien está en disposición a ceder o acomodarse fácilmente al dictamen de otro, como flexible, o, in­cluso, capaz.

            Ojo, pues, con esa tendencia a llamar versátil a alguien creyendo que estamos diciendo algo bueno de él, porque se puede enfadar y demandarnos por injurias, especialmente si es un político... Pero solo se enfadará si es un hablante culto, pues los hablantes «modernos» pueden escudarse en que versátil ya tiene —desde el 2001— un nuevo significado en el Diccionario: «Capaz de adaptarse con facilidad y rapidez a diversas funciones».

            Y si llamamos versátil —con su sentido culto— a alguien podemos lograr que se ponga virulento, a no ser que se trate de un buen conocedor del uso del español y del significado culto de las palabras, pues virulen­to significa ‘ponzoñoso, maligno, ocasionado por un virus, o que par­ticipa de la naturaleza de este’, también es lo que ‘tiene pus o podre’, y se aplica al estilo, o al escrito o discurso, ardiente, sañudo, ponzoñoso o mordaz en sumo grado.

            Así las cosas, cuando leemos una frase como «la reacción del interpelado fue muy virulenta», podemos colegir que esa la reac­ción del sujeto al que interpelaron no fue causada por la interpelación en sí, sino por un virus, y además fue una reacción llena de pus o podre.

            Muy probablemente lo que ocurría era que el tipo tuvo una reacción violenta, es decir, «fuera de su natu­ral estado situación o modo; con ímpetu y fuerza; bruscamente, con ímpetu e intensidad extraordinarias», o más aún: que aga­rró por las sola­pas a su adversario político y lo zarandeó hasta que intervino su vecino de escaño para separarlos.

            Mas la confusión entre esas dos cosas tan distintas ha logrado que hoy, en el español actual, virulento y violento funcionen ya como sinónimos en muchos contextos, y por muy virulentamente o violentamente que combatamos esa confusión, no tenemos nada que ganar.

            Llegados a estos extremos no debería extrañarnos que los personajes versátiles y virulentos tengan, además reacciones viscerales.

            Ese adjetivo, en principio, era ni más ni menos que lo ‘perteneciente o relativo a las vísceras’. Y ocurrió que algún ha­blante aficionado a los usos metafó­ricos decidió utilizarlo con el sentido de ‘intenso, profundo, arraigado, incontrolado...’, hecho nada criticable ese de inventar un nuevo uso; pero sí lo es que muchos otros usuarios de la lengua, menos ocurrentes que el anterior, decidieran copiarlo y usar el invento hasta la saciedad.

            Visceral siempre me recuerda a las vísceras, las entrañas o las tripas, es decir, a la casquería —tan sabrosa cuando está bien cocinada—, y es un adjetivo poco fino, nada elegante y excesivamen­te contundente —reac­ción visceral— cuando lo que se quie­re expre­sar es sencilla­mente que algún sen­timiento es pro­fundo, in­tenso, in­controlado o está muy ar­raigado. Pero las vísceras fueron ganando terreno, y desde el 2001 (penúltima edición del Diccionario) lo visceral es también aplicable a las reacciones emocionales y a quienes se dejan llevar por ellas, y es que muchas veces los sentimientos nos salen de las tripas.

 

Alberto Gómez Font

Patrono de la Fundación Duques de Soria de Ciencia y Cultura Hispánica

De la Academia Norteamericana de la Lengua Española




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